Cadáver Exquisito

Entre nítidas y borrosas miradas, podía observarlo. Quieto y callado con los ojos pálidos y desorbitados,sin movimiento alguno y con la piel helada.
Quería acariciarle por última vez, pero el miedo de ser visto me devoraba las ansias tan concurrentes en esos segundos.
No podía llorarle, ni tampoco pensar en lo que había ocurrida, está aprisionado por la inquietud de la verdad o verdades.
Debía ser un extraño en el vacío espacio de aquella morgue fría, debía de tratarlo como el cuerpo número 257/9 , debía dejar de lado lo que las flores ahora secas y un verano ahora echo hielo habían de relatar en la memoria de nuestros cuerpos. Ocurría el pensamiento del debía antes del era.

Había entendido aquello desde los primeros besos entre las oscuras noches de insomnio y vino barato que ha de culpar al acto de esconder la tallada desvirtud del deseo, aquello que nos compete como el ser pecador al que tanto se teme.

No me cansaba de mirarle, su cadáver exquisito era el relato antiguo de un texto indescifrable, un enigma jeroglífico oculto tras toda esa piel pálida. El color de sus labios rojos se había desvanecido, su sonrisa había desaparecido de su rostro al igual que sus dientes. Era la parte donde me asombraba, pero luego lo comprendí.

Habían palabras que deseaba decir a su oído, caricias que su piel necesitaba, amor que su corazón añoraba, pero, el echo de ser yo y el ser el, era el concreto de nuestra razón y el deseo que nos acontecía como humanos.

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